Aunque la cultura popular asocie el ajoblanco con la Andalucía contemporánea, sus ingredientes — almendra, ajo, pan y aceite de oliva — sitúan su origen en la cocina andalusí del Al-Ándalus medieval, anterior en varios siglos al gazpacho rojo (que necesita el tomate llegado tras 1492) [1][2]. La Academia Gastronómica de Málaga la considera una de las recetas más antiguas vivas de la cuenca mediterránea [1].
El cultivo del almendro malagueño en la Axarquía está documentado al menos desde el siglo XI por geógrafos como Al-Idrisi, y la variedad autóctona Larguta sigue siendo el referente para el ajoblanco artesano [3]. Las uvas moscatel con que se acompaña pertenecen a la DOP Pasas de Málaga, una de las pocas denominaciones del mundo dedicadas a un fruto seco solar [4].
Hoy el ajoblanco se sirve tradicionalmente muy frío en cuenco de barro, con uvas peladas o melón, en bodegas de tapeo y restaurantes de toda la provincia. Su versión más conocida fuera de Málaga es la antequerana (porra), variante espesa que la Junta de Andalucía incluye en el inventario de cocina tradicional bética [5].